Recientemente se ha estado reseñando en diversos medios la manera en que la fe cristiana ha ido decreciendo en la nación. Las investigaciones estadísticas evidencian que el número de personas identificadas como cristianas va disminuyendo considerablemente mientras que las personas que se identifican como no-religiosas (en inglés: “nones”) van en aumento. Algunos hermanos(as) cristianos responsabilizan de esa situación a quienes practican otras religiones. Otros hermanos(as) muy bien intencionados, pero muy equivocados, culpan a la ciencia y la tecnología. Otros se alarman porque durante muchos siglos la promoción del cristianismo recayó en los hombros de los gobiernos, las escuelas y otras instituciones civiles, y ya no es así. Con toda franqueza tengo que orientarles e indicarles que la iglesia cristiana no puede pretender ni esperar que las instituciones civiles y gubernamentales sean las que promuevan la fe cristiana mediante legislación. Desde los tiempos del emperador Constantino la iglesia se recostó y delegó la propagación del cristianismo en los poderes estatales, muchas veces por imposición y por la fuerza. El tiempo de la cristiandad Constantina ya pasó. Es hora de que abramos los ojos y reconozcamos la realidad contemporánea y dejemos de encerrarnos en las ilusiones de un contexto que ya no existe. Estamos en el Siglo 21, y la legitimidad de la iglesia y su relevancia – en ocasiones con mucha razón – está en duda.
Ahora bien: no es tiempo de desanimarnos. Tampoco es tiempo de entrar en el juego de buscar culpables. Mucho menos es tiempo de convertirnos en religiosos perseguidores que acosen a quienes tengan distinta fe o a quienes no profesen fe alguna. La experiencia del apóstol Pablo tiene mucho que enseñarnos hoy, de cara a los tiempos que nos han tocado vivir. Cuando Pablo vio su legitimidad cuestionada y se enfrentó a circunstancias muy adversas a su apostolado, su respuesta no fue otra que el testimonio de lo que la gracia de Dios había hecho por él (véase Gálatas 1.11-24). Pablo hizo lo que a todo(a) creyente en Cristo le corresponde hacer: contar la historia de lo que la gracia del Señor hace en su vida. Hermano(a), ¿cuál es tu historia? ¿cuál es tu testimonio? ¿Qué es lo que el amor de Dios hace por ti? ¿Cuál es tu experiencia? ¿Por qué amas a Jesucristo y te animas a seguirle? Es eso lo que debes contar.
[Extracto del mensaje «Cristiandad decreciente». Para ver el vídeo pulse este enlace.]
Presbýteros
Promoviendo una fe que siente, piensa y actúa. / Promoting a faith that feels, thinks, and acts.
sábado, 15 de junio de 2013
viernes, 7 de junio de 2013
Y en mi pecho tendrás un lugar: Graduación de La Progresiva 2013
«Progresiva, qué tierno es tu amor.
¡Cuán intensa es la fe dulce y viva
que tú sabes brindar con ardor!»**
Hoy tuve la oportunidad de participar en la graduación del grupo de duodécimo grado de La Progresiva Presbyterian School. Al igual que el año anterior, compartí palabras de reflexión tanto para los graduandos, como para sus familiares y amistades presentes. Confieso que nunca he sido amante de las graduaciones. No obstante, desde que estoy involucrado con el Colegio Presbiteriano La Progresiva como resultado de mi labor pastoral con la Primera Iglesia Presbiteriana en Miami, estoy viendo los ejercicios de graduación desde perspectivas muy distintas a las que había considerado en años anteriores. Las experiencias forman y cambian a las personas, y yo no soy una excepción a esa realidad. Las experiencias me siguen formando y transformando con el pasar del tiempo.
Más allá de los breves minutos en los que compartí mis reflexiones, tuve la oportunidad de observar detenidamente la dinámica que ocurre entre graduandos, facultad, familiares y audiencia en general. Ver a madres, padres y familiares aplaudir entusiastamente y levantarse a fotografiar a sus muchachos y muchachas teniendo sus rostros bellamente adornados con sonrisas relucientes fue algo que me conmovió. De la misma manera fui transportado en el recuerdo a los tiempos en que los rostros sonrientes y orgullosos que yo observaba eran los de mis padres, que con amor y orgullo compartían mis logros al crecer y madurar. Entonces entendí por qué muchas de esas sonrisas estaban acompañadas de lágrimas de alegría...
Escuchar jóvenes en sus discursos agradecer a sus familias y a sus profesores(as) por el apoyo, consejo, corrección y estímulo que les brindaron es una experiencia que no deja de impresionarme. En un mundo que se caracteriza cada vez más por la ingratitud, los conflictos y el individualismo, es un bálsamo refrescante ver que hay jóvenes que se levanten en la vida con el valor y la sensibilidad de ser agradecidos. De particular forma estremeció mi corazón una escena que pude ver más en más de una ocasión: un padre y una madre abrazados fuertemente a su hijo o hija, derramando copiosas lágrimas de felicidad. Eso me llevó a pensar en cuántos y cuán grandes sacrificios se han hecho para ayudar a ese hijo o hija a triunfar y tener las herramientas que le ayuden a ser una persona de bien. Igualmente me llevó a pensar que también hay muchos padres y madres que no se ocupan... y que así mismo hay hijos e hijas que no aprecian ni aprovechan las oportunidades que sus progenitores con amor y sacrificio les proveen. Los que observé hoy me llenan de esperanza, se ve que su anhelo ha sido echar hacia adelante en la vida a estos jóvenes.
Doy gracias a Dios por que la Primera Iglesia Presbiteriana Hispana hace varias décadas tuvo la visión de tomar un proyecto de inigualable impacto en el terruño cubano cardenense, Colegio Presbiteriano La Progresiva, y recontextualizarlo en la ciudad de Miami, FL. Tiempos y espacios distintos, con una misma misión: sembrar la buena semilla en la niñez y juventud que se levanta. «Enseña al niño a seguir fielmente su camino, y aunque llegue a anciano no se apartará de él» (Proverbios 22.6).
Queridos(as) hermanos(as) y amigos(as), mantengamos en nuestras oraciones a La Progresiva Presbyterian School. Apoyemos siempre con nuestras plegarias al estudiantado, a la dirección, a la facultad, al personal administrativo, a las madres y padres, y a todas las personas que de diversas maneras forman parte de esta hermosa comunidad ministerial educativa.
«Nunca, nunca podré, Progresiva,
nunca, pues, tu cariño olvidar,
que en mi mente estarás siempre viva
y en mi pecho tendrás un lugar»**
-------------------
** Porciones del Himno del Colegio Presbiteriano La Progresiva
martes, 21 de mayo de 2013
El Señor le dijo: «Hipócrita»
14 Pero el jefe de la sinagoga se enojó porque Jesús la había sanado en el día de reposo, así que le dijo a la gente: «Hay seis días en los que se puede trabajar. Para ser sanados, vengan en esos días; pero no en el día de reposo.» 15 Entonces el Señor le dijo: «Hipócrita, ¿acaso cualquiera de ustedes no desata su buey, o su asno, del pesebre y lo lleva a beber, aun cuando sea día de reposo? (Evangelio Según Lucas 13.14-15)
Según el testimonio de los evangelios (los libros del Nuevo Testamento que dan testimonio de las acciones y enseñanzas de Jesucristo), la relación de Jesús con los sectores religiosos de su tiempo fue una llena de antagonismo. Difícilmente se le encontraría a Jesús y a los líderes religiosos compartiendo la misma tarima y enseñando las mismas cosas. El pasaje que me motiva a reflexionar en esta ocasión (Lucas 13.10-17) es uno de muchos ejemplos donde se evidencia que la agenda de la religión “oficial” estaba en una dirección diametralmente opuesta a la agenda de Jesús: eso que él llamaba “reino de Dios” o “reino de los cielos”.
Cuenta la narración que Jesús se encontraba enseñando en una sinagoga, el lugar de encuentro de los religiosos para leer, estudiar y comentar las Escrituras Sagradas. Allí observa a una persona que sufría una enfermedad, según indica el texto, «hacía ya dieciocho años» (v.11). ¡Cuán grande y prolongado tormento el de aquella persona! En un contexto en el cual la expectativa de vida general no era muy grande, 18 años es una porción considerable: se podía decir que aquella persona había pasado quizás la mayor parte de su vida sufriendo y padeciendo. Jesús entonces hace lo que solía hacer, su programa de trabajo: traer liberación y bienestar a la persona necesitada.
Dos detalles no deben escapar nuestra atención. El primero es que la persona necesitada era una mujer, es decir, alguien a quien en aquel contexto se le consideraba como inferior al hombre. El segundo detalle es que la acción de Jesús ocurrió en el sabbat, el día que se consideraba sagrado en tal forma que no se podía realizar labor alguna. Entonces la reacción de quien representaba la religiosidad institucional «el jefe de la sinagoga» (v.14), no se hizo esperar. Se levantó en “defensa” del dogma, reaccionó para proteger aquello que formaba parte integral de los valores religiosos y sociales. Para aquel líder religioso era más importante preservar la tradición que atender la integridad y el bienestar de otro ser humano, y con su actitud, ser cómplice de las ataduras de “Satanás” (v.16) que mantenían a la mujer encorvada. Jesús, por el contrario, pasó por alto las etiquetas y convenciones sociales y se atrevió poner sus manos (v.13) sobre la mujer para sanarle y devolverle el bienestar y la dignidad que le había sido robada, no solo por el padecimiento, sino por su propia religión, la cual solía considerar a la persona enferma como carente del favor y la bendición de Dios. Así como Jesús no tuvo reparos en extender su compasión hacia aquella mujer atormentada, tampoco tuvo reparos en exponer públicamente la verdadera naturaleza del líder religioso, a quien categóricamente llamó «Hipócrita» (v.15).
En los tiempos y contextos que nos han tocado vivir, quienes pertenecemos a comunidades religiosas (iglesias) corremos el riesgo de actuar de la misma manera que el liderato de las comunidades religiosas (sinagogas) de los tiempos de Jesús. La proliferación de un fervor religioso que privilegia los dogmas y tradiciones por encima de la dignidad y el bienestar de todas las personas es algo que peligrosamente nos va alejando del sentir compasivo de Jesús y nos va alineando con el fanatismo que fue rechazado por Jesús. Si consentimos la humillación, el trato desigual, los atropellos, los prejuicios, el discrimen y las injusticias hacia otros seres humanos por las razones que sean, tendríamos que estar dispuestos a enfrentarnos al Señor, que con el mismo arrojo que lo hizo en el pasado, en el presente nos volvería a decir: «Hipócritas». Queda de uno(a) decidir bajo cuál paradigma va a leer, interpretar y aplicar las Sagradas Escrituras a la vida: según el paradigma de las tradiciones y los fundamentalismos religiosos que mantienen al ser humano encorvado, o según el paradigma del Señor Jesucristo.
lunes, 6 de mayo de 2013
El final de La Biblia
Aquellas personas que hayan estado
siguiendo mis homilías y presentaciones durante la temporada de
pascua de resurrección (ya sea en vivo en la Primera IglesiaPresbiteriana Hispana o a través de la internet), han sido expuestas
sistemáticamente a reflexiones y pensamientos sobre el libro del
Apocalipsis de Juan. El domingo pasado prediqué el último sermón
de esta serie titulado «La ciudad de Dios»,
el cuál puede ser encontrado «aquí en este enlace».
El
próximo domingo no predicaré sobre el Apocalipsis, sin embargo a
manera de ejercicio de reflexión tomé un rato durante el día para
leer el último capítulo del libro. Más allá de las descripciones
utópicas de la nueva Jerusalén
(por cierto, no se trata de lo que hoy conocemos como Jerusalén), y
de las exhortaciones para prepararse para el regreso de Jesucristo,
lo que cautivó mi atención fue el último verso de este capítulo:
«Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén.»
(22.21). Durante semanas he estado compartiendo, enseñando y
exponiendo que, mientras el cine, la literatura y muchos religiosos
promueven entendimientos que fluctúan entre la fantasía
y el miedo, el
mensaje del Apocalipsis es un mensaje de esperanza.
Por ello me ha conmovido tanto este verso final. Tanta gente a
través de las edades se ha enfocado, por un lado, en especular sobre los
significados del lenguaje simbólico del libro, y por el otro, en acentuar de manera literal los anuncios de calamidades y terrores, sin embargo, el último verso del Apocalipsis – y por
ende, el final de La Biblia – es un
pronunciamiento de bendición y no de juicio.
Se trata de una palabra de bondad, una expresión compasiva, una
afirmación restauradora, una declaración de amor: «Que
la gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén.»
La última palabra nos recuerda que por encima del juicio (o los
juicios) está la compasión y por encima de la condenación, está
el amor.
Nunca
deja de perturbarme y entristecerme la rapidez con la que muchas
personas identificadas con la fe cristiana están siempre dispuestas
a juzgar a los demás y a etiquetarles como reos del infierno,
atribuyéndose el lugar de juez del universo – un lugar que sólo
le corresponde al Todopoderoso. Se ofuscan en catalogar los “pecados”
de otros pasando por alto los propios. Se adjudican una vocación a
la que Dios nunca les llamó, pues la vocación del cristiano(a) es
proclamar el Evangelio, y «Evangelio» quiere decir «buena
noticia». «Gracia» es lo que no merecemos, pero aún así Dios lo
concede. «Gracia» es el favor inmerecido de Dios. «Gracia» es el
amor de Dios que
se derrama cual torrente de misericordia sobre nosotros(as)
pecadores(as). Solo hay uno que se llama «Alfa y Omega», es decir,
sólo hay uno con el poder de empezarlo todo y darlo todo por
terminado. No caigamos en la arrogancia religiosa que pretende
usurpar el poder del Eterno. Al contrario, que nuestras vidas sean
sobrecogidas por un sentido de humildad y compasión. «Que
la gracia del Señor Jesús sea con todos. Amén».
viernes, 5 de abril de 2013
La sangre de tus enemigos
Haciendo mis lecturas devocionales recientemente me topé con esta expresión en los vv. 22-23 del Salmo 68:
Esto es sólo un ejemplo del porqué insisto en que las Sagradas Escrituras (Hebreas, Cristianas o de cualquier otra religión) tienen que ser leídas con conciencia histórica y con las herramientas de la crítica literaria. Mi continuo recordatorio para quienes leen textos sagrados: ¡contexto! ¡contexto! ¡contexto! Por leer textos fuera de sus contextos y fuera de una conciencia histórico-crítica, a través de los años se han cometido grandes injusticias y atrocidades en nombre de Dios. Desde una perspectiva cristiana, la historia es testigo de tiempos en los que la iglesia persiguió a la comunidad científica, tiempos en los que emprendieron guerras, tiempos en los que se avaló la institución de la esclavitud, tiempos en los que se fomentó la desigualdad de género afirmando la supremacía masculina...
Tristemente, en pleno Siglo 21, a pesar de todas las herramientas y adelantos que tenemos en las ciencias bíblicas, gran parte de la iglesia cristiana sigue leyendo y aplicando los textos sagrados de forma literal-selectiva, con los mismos métodos/estilos que tanto daño han hecho a través de los siglos... y todavía siguen haciendo daño. Por ejemplo, acostumbran citar, textos del libro de Levítico (particularmente los capítulos 18-20) contra las personas homosexuales, mientras pasan por alto otras prohibiciones y leyes allí contenidas, como la de no utilizar vestidos con hilos mezclados (19.19), no comer nada con sangre (19.26, olvídense de las morcillas o de la carne que no esté bien cocida o “well done”), no hacerse trenzas ni cortarse la punta de la barba (19.27), o aplicar la pena de muerte a quien maldiga a su padre/madre (20.9) o a quienes cometan adulterio (20.10).
¿El punto? El fundamentalismo - puro o selectivo - difícilmente es una manera saludable de leer las Escrituras. El tomar pasajes pasando por alto su género y su contexto a la larga nos acorrala en incongruencias, alegorizaciones y errores que, lejos de ayudar a crecer la fe, lo que hacen es debilitarla y aprisionarla en la superficialidad.
En la fe cristiana debemos leer las Escrituras desde el ejemplo que encontramos en la vida (enseñanzas y acciones) de Jesucristo, que se atrevió a cuestionar tradiciones que privilegiaban los dogmas por encima de la integridad y dignidad de la persona, y se atrevió a cuestionar lecturas e interpretaciones cuyo fundamento no fuese la práctica del amor y la caridad. Jesucristo corrigió la imagen de un Dios vengativo y obsesionado con reglas, tradicionalismos y rituales de "pureza". Jesucristo corrigió el concepto de un Dios guerrero que se goza en la matanza y exterminación de los "enemigos". Jesucristo nos enseñó y demostró la esencia de Dios que no es otra cosa que el amor y el perdón, aún a los llamados "enemigos". Los antiguos se enfocaban en la expresión : «Ustedes deben ser santos porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Levítico 19.2). Jesucristo redefinió el enfoque «sean compasivos, como también su Padre es compasivo» (Lucas 6.36).
Aquí les comparto enlaces a otros artículos y comentarios previos, relacionados con el tema de la lectura e interpretación de las Escrituras:
Leyendo las Escrituras Sagradas
En un púlpito responsable
Nota aclaratoria sobre La Biblia
Violencia Sagrada
Que nuestra lectura de las Escrituras sea para bendecir, y no para dañar.
“El Señor ha dicho: «Yo te haré volver de Basán. Te haré volver de las profundidades del mar. ¡Tus pies y la lengua de tus perros se teñirán con la sangre de tus enemigos!»”La imagen mental es aterradora, un baño de sangre producto de la retribución y venganza. Lo más perturbador es que dicha expresión se atribuye a la boca del Señor: «El Señor ha dicho...» La imagen mental se asemeja a cualquier escena de la serie televisiva «Spartacus» o la película «300».
Esto es sólo un ejemplo del porqué insisto en que las Sagradas Escrituras (Hebreas, Cristianas o de cualquier otra religión) tienen que ser leídas con conciencia histórica y con las herramientas de la crítica literaria. Mi continuo recordatorio para quienes leen textos sagrados: ¡contexto! ¡contexto! ¡contexto! Por leer textos fuera de sus contextos y fuera de una conciencia histórico-crítica, a través de los años se han cometido grandes injusticias y atrocidades en nombre de Dios. Desde una perspectiva cristiana, la historia es testigo de tiempos en los que la iglesia persiguió a la comunidad científica, tiempos en los que emprendieron guerras, tiempos en los que se avaló la institución de la esclavitud, tiempos en los que se fomentó la desigualdad de género afirmando la supremacía masculina...
Tristemente, en pleno Siglo 21, a pesar de todas las herramientas y adelantos que tenemos en las ciencias bíblicas, gran parte de la iglesia cristiana sigue leyendo y aplicando los textos sagrados de forma literal-selectiva, con los mismos métodos/estilos que tanto daño han hecho a través de los siglos... y todavía siguen haciendo daño. Por ejemplo, acostumbran citar, textos del libro de Levítico (particularmente los capítulos 18-20) contra las personas homosexuales, mientras pasan por alto otras prohibiciones y leyes allí contenidas, como la de no utilizar vestidos con hilos mezclados (19.19), no comer nada con sangre (19.26, olvídense de las morcillas o de la carne que no esté bien cocida o “well done”), no hacerse trenzas ni cortarse la punta de la barba (19.27), o aplicar la pena de muerte a quien maldiga a su padre/madre (20.9) o a quienes cometan adulterio (20.10).
¿El punto? El fundamentalismo - puro o selectivo - difícilmente es una manera saludable de leer las Escrituras. El tomar pasajes pasando por alto su género y su contexto a la larga nos acorrala en incongruencias, alegorizaciones y errores que, lejos de ayudar a crecer la fe, lo que hacen es debilitarla y aprisionarla en la superficialidad.
En la fe cristiana debemos leer las Escrituras desde el ejemplo que encontramos en la vida (enseñanzas y acciones) de Jesucristo, que se atrevió a cuestionar tradiciones que privilegiaban los dogmas por encima de la integridad y dignidad de la persona, y se atrevió a cuestionar lecturas e interpretaciones cuyo fundamento no fuese la práctica del amor y la caridad. Jesucristo corrigió la imagen de un Dios vengativo y obsesionado con reglas, tradicionalismos y rituales de "pureza". Jesucristo corrigió el concepto de un Dios guerrero que se goza en la matanza y exterminación de los "enemigos". Jesucristo nos enseñó y demostró la esencia de Dios que no es otra cosa que el amor y el perdón, aún a los llamados "enemigos". Los antiguos se enfocaban en la expresión : «Ustedes deben ser santos porque yo, el Señor su Dios, soy santo» (Levítico 19.2). Jesucristo redefinió el enfoque «sean compasivos, como también su Padre es compasivo» (Lucas 6.36).
Aquí les comparto enlaces a otros artículos y comentarios previos, relacionados con el tema de la lectura e interpretación de las Escrituras:
Leyendo las Escrituras Sagradas
En un púlpito responsable
Nota aclaratoria sobre La Biblia
Violencia Sagrada
Que nuestra lectura de las Escrituras sea para bendecir, y no para dañar.
domingo, 24 de marzo de 2013
Domingo de Ramos... no todo es lo que aparenta ser
Hoy la Iglesia cristiana celebra lo que tradicionalmente se conoce como "la entrada triunfal" de Jesucristo en Jerusalén. Este episodio también es conocido como "domingo de ramos" o "domingo de palmas" en referencia a las ramas o palmas que la gente agitaba como señal de júbilo mientras Jesús iba pasando. Razones que van más allá el alcance de este breve ensayo me han llevado en el pasado a cuestionar la adecuacidad del título "entrada triunfal" para este importante acontecimiento.
Aquellas iglesias cristianas que siguen el leccionario común habrán leído la versión del relato que aparece en el Evangelio Según Lucas la cual se encuentra en el capitulo 19, versos 28 al 40. No obstante, cuando se lee algún relato bíblico, es importante observar dónde se ubica en la línea narrativa, particularmente si se trata de un relato que también aparece en otros escritos similares, como es el caso de los Evangelios. Nuestra lectura se enriquece cuando consideramos los contextos más amplios. En el caso que aquí nos concierne, el capítulo 19 de Lucas incluye una interesante narración en la que un cobrador de impuestos (conocido y despreciado por su ética cuestionable) es transformado radicalmente por su encuentro con Jesucristo y por el trato que de él recibió. Luego presenta a Jesús contando una parábola en la que un rey pide cuentas a los súbditos por la utilización de los recursos que dejó a su cuidado. Concluye esta historia con las siguientes palabras del rey: «en cuanto a mis enemigos, los que no querían que yo fuera su rey, ¡tráiganlos y decapítenlos delante de mí!» (19.27). Estas palabras resultan perturbadoras, tomando en consideración lo que se narra a continuación: la llegada de Jesús a la ciudad de Jerusalén -cosa que desembocó en confrontaciones con las autoridades civiles y religiosas y le costó a Jesús la vida, a manos de aquellos que no lo querían como rey.
El episodio es conocido: particularmente desde un entendimiento popular formado por una síntesis de las diferentes versiones de los Evangelios. En el Ev. Lucas no hay palmas ni ramos, hay mantos tendidos en el camino y alabanzas en boca del grupo de discípulos de Jesús (19.36-38). Entre los presentes habían fariseos que pedían a Jesús silenciar a los discípulos, cosa que éste rechazó hacer.
A través de los años he escuchado innumerables sermones y reflexiones sobre el tema de la adoración a Dios, tomando como fundamento el contenido de esta narración. Algunas de las reflexiones me han resultado muy inspiradoras, no obstante, pasan por alto el sentido de lo que allí se está narrando. Para tener el cuadro completo que nos pinta el Ev. Lucas, es indispensable observar el resto del capítulo 19. Se indica que cuando Jesús llegó cerca de la ciudad lloró y lamentó diciendo: «¡Ah, si por lo menos hoy pudieras saber lo que te puede traer paz! Pero eso ahora está oculto a tus ojos. Porque van a venir sobre ti días, cuando tus enemigos levantarán un cerco a tu alrededor, y te sitiarán. Y te destruirán por completo, a ti y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no te diste cuenta del momento en que Dios vino a visitarte.» (19.42-44). La historia de la entrada "triunfal" de Jesús resulta ser una historia de rechazo a Jesús y las terribles implicaciones de no acoger su reinado de paz. Décadas más tarde Jerusalén sería devastada como resultado de concepciones mesiánicas bélicas y políticas militares.
Ahora bien, el relato del Ev. Lucas no culmina ahí. Luego de su llanto por la ciudad, Jesús entró en el templo y comenzó a desalojar a los comerciantes que ya formaban parte de la religiosidad de Israel: Les decía: «Escrito está: “Mi casa es casa de oración.” ¡Pero ustedes han hecho de ella una cueva de ladrones!» (19.46). La prédica, la enseñanza y la práctica de Jesús era un duro golpe a los poderes políticos, económicos y religiosos de su tiempo... y del nuestro. El Ev. Lucas nos deja saber que su enseñanza llevó a «los principales sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo» a querer matarlo (19.47). Tan radicales fueron sus puntos de vista que provocaron una conspiración multisectorial para silenciarlo.
Hoy Jesús no puede ser asesinado físicamente. Así que su mensaje es confrontado de otras maneras sutiles. La radicalidad de su mensaje queda domesticada al punto de que somos entretenidos por una espiritualidad que divorcia la fe de la búsqueda de paz, dignidad y bienestar integral para todas las personas, indistintamente de su etnia, género, religión, sexualidad, educación, salud, nivel económico y social, o cualquier otra condición humana. Sus enseñanzas son adormecidas por una religiosidad individualista y desencarnada, enfocada en la piedad personal y en "el más allá" mientras en "el más acá" la violencia está rampante y la injusticia es ya una institución. Mientras bendecimos a Jesucristo como rey, nos hacemos de la vista larga ante lo que a Jesucristo realmente le importa. El Domingo de Ramos, lejos de sumergirnos en prácticas cúlticas triunfalistas, nos debiese invitar a considerar la incongruencia de decir que amamos a Dios, a la vez que no amamos al prójimo. Si Jesucristo estuviera físicamente entre nosotros, tal vez se detendría al ver nuestras ciudades, nuestras comunidades, ¡y nuestras iglesias!, y volvería a llorar...
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